Cuando escucho el canto de los pájaros y escucho la música que viene del río, cuando contemplo la palpitante belleza de las flores que embellecen el jardín y veo cómo cada estación se pasea de una forma distinta por él, cuando huelo el perfume profundo de las sierras y las cañadas donde crecen las plantas olorosas y oigo el interminable diálogo entre ellas, cuando me siento contemplándome en esta contemplación y viviéndome en todas estas cosas, mi espíritu no acierta a desvestirse de ellas y a pensar, ni por un momento, que algún día se vayan del paisaje y dejen solo al hombre
    ¡Qué honda sería la soledad del hombre si se fuesen los pajarillos del aire, las flores de los jardines, los peces de las aguas, los animales de la tierra!. ¿Qué quedaría para contemplación del hombre? ¿Con qué calmaría el hombre su soledad? ¿Con qué calmaría el hombre su vacío?... Iría por los campos como un sonámbulo sin rostro. Pasearía por la tierra como ajeno a ella.
   Volaría por los cielos tan en solitario que sería aún peor que el más mísero de los dioses caídos; porque todos estos seres forman parte de un rincón en el corazón del hombre, aunque a veces él no lo sepa; porque últimamente huye de su propio corazón.  
   Todos estos seres son hermanos del hombre en su caminar por este bello planeta: unos dándose en sacrificio; otros, ofreciéndoles su ternura a lo largo de incontables tiempos, le han hecho llevadero su viaje y le han hecho llevaderos los propios desatinos que ha cometido en esa lucha que, con él mismo mantiene dentro de su alma.